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13 ene 2010

Este verano, mientras volvía de una pequeña escapada, conocí al hombre que pintaba retratos en un tren. Pues bien, yo andaba a lo mío, escuchando música y mirando por la ventana. De vez en cuando echaba un pequeño vistazo a la gente que viajaba en el mismo vagón que yo. Frente a mi se situaban una pareja de ancianitos, uno de ellos leía un libro, mientras la otra dormitaba sobre el hombro de su esposo. A mi izquierda, un hombre de negocios y, frente a él, un joven con pintas de artista. Era un chico muy curioso, no paraba de observarlo todo. El muchacho sacó un cuaderno de su mochila y comenzó a dibujar al señor que leía un libro. Lo observaba tan fijamente... como si estuviera intentando leer su mente. Rato después noté que alguien me observaba. Ya saben, esa sensación que a uno le da... Pues bien, el joven había decidido que yo sería su próxima víctima. Durante el trayecto estuve más que tentada de acercarme a él, me daba tanta curiosidad... Pero no lo hice.
No sé si ese hombre dibujará tan bien como parecía. Tampoco a lo que se dedica. Por qué la vida le llevó a tomar ese tren. Yo creo que es una de esas almas errantes, sí, de esas que no paran quietas. Creo que se dedica a viajar en tren y crear historias a partir de retratos. A lo mejor algún día me lo vuelvo a encontrar. Y, si lo hago, esta vez me acercaré y compartiré un trocito de mi viaje con él.

21 nov 2009

Hace tiempo me encontré a un abuelito que visitaba todos los días a la misma hora el parque de en frente de mi casa. En mis paseos vespertinos, observaba a distancia como aquél hombre regalaba caramelos a cada niño que pasaba por delante del banco donde se sentaba. Algunos aceptaban, otros se quedaban con las ganas porque su madre, desconfiada, tiraba de su brazo para que se alejaran de aquel hombre de sonrisa afable y caramelos de limón.

Un día decidí pasar yo también por delante de aquél hombre. Sentía mucha curiosidad y no podía seguir escondiéndome. Pasito a pasito, avancé hasta llegar al caminito donde se encontraba el banco. Pasé muy lentamente, para que el hombre reparara en mi presencia.

- Muchachita, ¿te apetece un caramelo?

Con una sonrisita triunfal, paré en seco y me quedé unos segundos mirando al abuelito, caramelo en mano.

- ¿Aceptas? Sé que te mueres de ganas. Te he visto observarme.

Sorprendida por tal [cierta] acusación, bajé la mirada culpable. Me habían descubierto.

- ¿Porqué no te sientas a mi lado y me cuentas por qué lo hiciste?

Y así pasé casi toda la mañana, contándole mi vida a un completo desconocido. Le conté sobre mis papás, que estaban en el cielo y sobre la casa en la que vivía. Y que nunca había probado un caramelo.
Con un gesto de descontento, el abuelito me hizo saber que tomar dulces era obligatorio en esta vida, que nos endulzaba las penas. Tras probar mi primer caramelo descubrí que tenía razón.

El abuelito me contó que perdió a su nieta hace algunos años y que, desde entonces, se sienta en ese banco a regalar caramelos a los niños para que la edad no le robe el recuerdo que tiene de su nieta.

Desde entonces, cada día, me siento un ratito a charlar con el abuelito de los caramelos de limón. Quizás algún día le cuente que yo fui la nieta que perdió.